viernes, 28 de marzo de 2014

LA FÓRMULA 1 DE GRIEGOS Y ROMANOS

Las carreras de carros en la Antigua Grecia

 Los carros de carreras fueron herederos directos de los antiguos carros ligeros de guerra. Participaban en Atenas en la procesión de las Panateneas, fiestas religiosas dedicadas a la diosa Atenea, protectora de la ciudad. Se celebraban todos los años hacia mediados del mes de Julio. Eran las fiestas más antiguas e importantes de Atenas.

 Las carreras de carros fueron de los deportes más populares de la antigua Grecia y, posteriormente, de Roma.   Se celebraron, al principio, en lugares informales. Se elegía una  llanura dominada por una colina donde se colocaban los espectadores y la carrera se celebraba con un recorrido de ida y vuelta de aproximadamente un kilómetro y medio en cada sentido. También se celebraban en el hipódromo del santuario de Delfos. Era una granja que se alquilaba durante las carreras y el resto del tiempo se dedicaba al cultivo. Más tarde el hipódromo de Olimpia, llegó a ser algo más com-plejo. Tenía dos metas o puntos de giro. Se daban varias vueltas a un recorrido fijo. Se introdujeron ciertas innovaciones como las puertas para la colocación de los carros al inicio de la carrera. Los de la parte exterior se colocaban más adelantados que los que iniciaban la carrera por el interior. Otros dispositivos mecánicos eran los conocidos como el "águila" y el "delfín", que eran levantados para indicar el comienzo de la competición y se bajaban durante la misma para señalar el número de vueltas que restaban. Este hipódromo tenía cerca de 600 metros de longitud y una         anchura próxima a los 100 metros. La parte más espectacular de la carrera para los espectadores era el giro cerrado que los carros  tenían que dar en los extremos del hipódromo; eran giros muy peligrosos que, con frecuencia, resultaban mortales para los aurigas.



Las carreras de carros en la Antigua Roma

Las carreras en Roma fueron, como en Grecia,  uno de los deportes  que despertaron más pasión. El pueblo sentía fervor por ellas. Siguieron siendo igual de peligrosas. Este deporte generaba, en aquellos espectadores, un entusiasmo comparable al que manifiestan los asistentes a las actuales carreras de “Fórmula 1”. Muchos aspectos de la organización de las carreras de carros de aquella época, salvando las distancias, se podrían equiparar a las actuales prácticas de la fórmula 1.
    
En Roma, cuando se celebraba alguna carrera, la ciudad quedaba desierta. Todo el mundo se iba al circo. El clamor de los espectadores ante las incidencias del espectáculo podía percibirse en toda Roma. Séneca, el filósofo, se quejaba: El gruñido confuso de la muchedumbre es para mí como la marea, como el viento que choca en el bosque, como todo lo que no ofrece más que sonidos ininteligibles.

Todos los romanos, desde el mismísimo Emperador hasta el más humilde esclavo, eran seguidores de una facción o equipo (hoy se diría escudería). Su organización estaba en manos de compañías privadas que dirigían los caballeros, una de las clases sociales de Roma. 

 Estas compañías no sólo organizaban la carrera, sino que proporcionaban todo cuanto era necesario para la competición. Salvando la distancia del tiempo, se podría afirmar que funcionaban a modo de cualquier escudería del siglo XXI. Cada equipo tenía su sede en un local de usos múltiples donde se encontraban las cuadras, los talleres de reparaciones de los carros y la pista de entrenamiento de los caballos. Disponían de médicos para cuidar de los aurigas, talleres para construir y reparar los carros, guarnicioneros, sastres, zapateros y cualquier otro servicio necesario para la competición. No podían faltar los profesores en conducción de carros. Por tener, tenían hasta un colectivo para animar y gritar en el circo. Los organizadores eran verdaderas sociedades mercantiles con las que se negociaban las condiciones de las carreras.

Los equipos

Al principio sólo existían en Roma dos equipos: el rojo y el blanco; más tarde, dos más, el verde y el azul. Se distinguían, al igual que hoy, por el color de lo que se podría llamar su dorsal (túnica corta): russata (rojo), prasina (verde), albata (blanco) veneta (azul).
    
 Los cuatro equipos eran locales por lo que la rivalidad fue mucho mayor y teñida de cierto tinte político. Los aristócratas y la enriquecida burguesía eran partidarios de los azules, mientras que  el proletariado apoyaba a los verdes. Sin embargo hubo excepciones. Algunos emperadores  como Calígula, Nerón y Domiciano fueron partidarios de  los verdes, seguramente para congraciarse con la plebe. Caracalla y Vitelio se mantuvieron  fieles a la tradición y apoyaron a los azules.

La afición de Calígula por las carreras revestía tintes demenciales. Pasaba mucho tiempo en los locales de su escudería; hasta comía en ellos; el día que corría su caballo “Incitatus” (Impetuoso) ordenaba a los soldados que la noche anterior mantuvieran en silencio la ciudad para que el caballo pudiera descansar con tranquilidad. Era tal la admiración que sentía por este animal traído a Roma desde Hispania que le construyó un establo de mármol, un pesebre de marfil y mandó fabricar una manta coloreada de púrpura y de perlas preciosas para cubrirlo.



La devoción de los romanos por sus pilotos preferidos

La afición era tan devota de su facción como lo son ahora los aficionados de las escuderías Red Bull, Ferrari, MacLaren , Mercedes o cualquier otra. Los hinchas romanos acudían a presenciar los entrenamientos de sus campeones y ensuciaban los  muros de la ciudad con  pintadas con los nombres y caricaturas de sus ídolos (los grafitis ya se habían inventado en la época de los romanos). Damas de alto copete se encaprichaban de los aurigas  y miembros de familias aristocráticas se disputaban el honor de invitarlos a sus casas y compartir con ellos su comida que, por cierto, lo hacían recostados en un amplio diván llamado “triclinium”. Alimentarse sentados a una mesa era señal de un bajo escalafón social.

 El mismo Calígula, como buen aficionado a las carreras, dispensaba a algunos de ellos un trato exquisito. Los mejores aurigas, al igual que hoy los pilotos de Formula 1, cobraban grandes sueldos y primas sustanciosas. Las facciones, como hacen hoy las escuderías, trataban de manera exquisita a sus aurigas. Reservaban para ellos el mejor vino, el mejor aceite de oliva o cualquier otra exquisitez de la época. Los  aurigas ganadores amasaban inmensas fortunas y se retiraban de la profesión siendo ricos y respetados. 


El auriga hispano C. Apuleyo Diocles

El auriga más famoso  fue C. Apuleyo Diocles. Este hispano llegó a ser un reconocido auriga en la época de Trajano y Adriano. Dejó de competir a los cuarenta y dos años de edad. Compitió durante veinticuatro años y ganó 1.462 carreras. Su excelente palmarés le valió una suma de  treinta y cinco millones de sestercios. Llegó a competir dos veces en un solo día, ganando en las dos pruebas y “embolsándose” un premio de 40.000  sestercios por cada una de estas dos victorias. Llegó a “pilotar” un carro tirado por siete caballos enganchados uno al lado del otro sin yugo. Nunca ningún auriga había hecho tal proeza; el premio fue de 50.000 sestercios. Ningún competidor llegó a igualarle. A su muerte, sus seguidores le erigieron una lápida conmemorativa en el circo de Calígula.



Un circuito a la altura de la afición

El más ostentoso circuito de carreras de carros en roma fue el circo Máximo. Julio Cesar inició su construcción y lo acabó Augusto.  Nerón lo remodeló hasta darle una capacidad de  doscientos cincuenta mil espectadores que podían disfrutar del espectáculo sentados. ¿Cuántos circuitos de carreras hay hoy que puedan albergar tantos espectadores?
    
Se construyó en una vaguada de seiscientos metros de largo por cien de ancho que se extendía entre las colinas del Palatino y el Aventino. Un foso de unos tres metros de ancho separaba la pista de los espectadores.  Disponía de tres pisos, el más bajo de piedra y  los otros de madera por lo que, a veces, éstos se derrumbaban. En uno de aquellos  derrumbes perdieron la vida 1.112 personas.
    
El Circo Máximo en la época de Augusto no era aún muy elevado y las carreras se podían llegar a ver desde las casas próximas. Por cierto, a éste emperador le gustaba verlas desde esas casas.
    
 Las gradas se distribuían de la siguiente forma: las inferiores quedaban reservadas para senadores; las de encima las ocupaban los caballeros y las del tercer piso eran para el pueblo. Las mujeres y los hombres podían disfrutar juntos de las carreras. Esta situación  no se permitía en otros espectáculos.

En cada carrera, los aurigas daban siete giros a la pista. En cada vuelta recorrían 769 metros. Auriga y caballos hacían un notable esfuerzo para llegar el primero tras los más de cinco kilómetros recorridos.  Allí se celebraron innumerables carreras de carros.

La competición empezó a perder importancia tras la caída el Imperio romano de Occidente.

Roma trajo las carreras a España. Para que pudieran celebrarse construyeron buenos circos o circuitos como se les llamaría en nuestro tiempo. Los mejores fueron el de Córdoba, capital de la Bética, en la parte oriental de la ciudad y en Mérida, capital de Lusitania de donde procedían los mejores caballos. Los romanos llegaron a decir que nacían de yeguas preñadas por el viento.El de Mérida, tuvo un aforo de unos 30.000 espectadores. Parece ser que pudieron correr hasta 12 carros a la vez.

Hay gran diferencia entre aquellos carros y los monoplazas de formula 1 de este siglo. Aquellos podrían alcanzar una velocidad de cuarenta o  cincuenta kilómetros por hora y estos de más de  trescientos. La diferencia es abismal, pero esto no significa que aquellos aurigas y estos pilotos estén separados por la misma diferencia, al menos en cuanto a destrezas y arrojo. Aquellos aurigas podrían haber sido los pilotos de la fórmula 1 del siglo XXI. 



lunes, 10 de marzo de 2014

UNA SOCIEDAD OBRERA Y SU AUTOESCUELA

La escuela de chauffeurs de la “La Unión de Cocheros"


En la primera década del siglo XX, en la mayoría de las organizaciones patronales y  en algunas sociedades obreras, existía poco interés, por no decir ninguno, por la formación profesional de los obreros. Debido a ello, algunos sindicatos y asociaciones de trabajadores de signo socialista empiezan a preocuparse y solicitan del Estado una mayor atención a la formación profesional. Creyendo que esto no es suficiente toman la iniciativa y empiezan a organizar pequeñas escuelas para la formación profesional de sus propios militantes. Se instalan, generalmente, en las populares casas del pueblo.

Se dice que la  “joya de la corona” de estos centros obreros fue, sin lugar a dudas, la Casa del Pueblo de Madrid, que estuvo situada en el numero 2 de la madrileña calle Piamonte, dando sus fachadas a las calles de Góngora y Gravina. Se la conocía como “El Palacio del Pueblo” o “Palacio de los Obreros”. Antes de  convertirse en la Casa del Pueblo de Madrid había sido un suntuoso e histórico palacio, con su huerta y su jardín. El día 2 de julio de 1907, se firma, ante el notario la escritura de compra-venta; en esta fecha era propietario del palacio don Jaime Roca de Togores, decimoséptimo  Duque de Béjar. Cuando los obreros madrileños inauguraron la Casa del Pueblo se dijo de ellos que se estaban aburguesando al procurarse una propiedad. Vaya sorpresa que se iban a llevar estos críticos cuando llegaran a enterarse que también se compraría un automóvil.

Después de un año de reformas, en las que se llegan a invertir casi tanto dinero como en la compra (300.000 pesetas), se inaugura el Centro, el sábado 28 de septiembre de 1908. Sería en este Centro Obrero donde, dos años más tarde, empieza a funcionar  una Escuela de Chóferes. ¿Fue esta la primera autoescuela de Madrid?

Los cocheros madrileños, en la primera década del siglo XX, ya están convencidos del auge que, en Madrid, va teniendo el uso de los automóviles. Son conscientes de que  estos artefactos van a herir de muerte a su oficio. Sus dirigentes tienen visión de futuro e intuyen que la solución está en adelantarse y evolucionar a la par del progreso; por este motivo, se ponen a trabajar para fundar una Escuela Práctica de Conductores de Automóviles. ¡Había llegado la hora de la reconversión de los cocheros de Madrid!

Para llevar a buen fin la iniciativa, “La Sociedad La Unión de Cocheros” nombra una comisión organizadora para la nueva Escuela. Ésta la componen:  D. Eduardo Álvarez, D. Joaquín Villar, D. Baltasar de Sanrigoberto y D. Miguel González. Tienen  la misión, en plazo relativamente breve, de poner a todos los cocheros socios de la Unión en condiciones de manejar un automóvil con la misma pericia que hasta el momento vienen guiando un tronco de briosos caballos por las intrincadas calles de la Villa.

La idea no surge de un día para otro, sino que se viene gestando de  tiempo atrás, casi desde 1906,  pero como la sociedad no recibe ningún tipo de ayuda oficial para tal menester se ha venido retrasando hasta que se ha podido comprar un  primer automóvil de 24 caballos poco menos que inservible y que les ha costado 500 pesetas más 1.750 que se han  gastado en arreglarlo hasta poder dejarlo en condiciones de servir para la enseñanza. Los comisionados confían en que sus consocios sabrán sacar partido del esfuerzo de la sociedad.

La Escuela se pone en marcha en los primeros días del mes de marzo de 1910 y perdura hasta 1913. La prensa del momento se hizo eco de la inauguración de esta primera Escuela práctica para futuros conductores de automóviles. Era una noticia digna de ser aireada y, en el acto de inauguración, se puso de  relieve la trascendencia que para los cocheros significaba la creación  de esta Escuela. Todos los asistentes hicieron votos para que en corto espacio de tiempo hubiera un buen plantel de cocheros-chauffeurs en Madrid.

 La Unión de Cocheros, de la que dependía esta Escuela, era una Sociedad de Obreros con empuje, imaginación e iniciativa. Tiempo  mas tarde de la puesta en marcha de la Escuela se embarca en otra empresa que, en definitiva, también redundaría en beneficio para sus asociados. Fue la compra de la sociedad González Gómez y Compañía, que, en el ramo de coches y automóviles, era, en esa época, la primera empresa de Madrid y quizás la primera de España.. 



Esta Sociedad era dueña de carruajes, caballos, guarniciones, libreas y demás útiles y efectos, así como de lo coches y accesorios dedicados a la industria de alquiladores de carruajes de lujo. También lo era de la maquinaria, herramientas, útiles, material de taller para reparación y de la concesión de la casa de automóviles.

 La Sociedad de Obreros La Unión de Cocheros de Madrid, después de largas negociaciones, entró a formar parte de la titularidad, dirección y gestión de la citada empresa. El capital que los obreros debían de amortizar y que saldría del esfuerzo de su trabajo se tasó en dos millones y medio de pesetas. Dos años después algunos asociados pretendieron dirimir en un Juzgado de Madrid algunas cuestiones contra su Junta directiva. Los desacuerdos entre asociados y dirigentes suelen dirimirse con frecuencia en los juzgados; siempre han pasado y seguirán pasando.




jueves, 6 de marzo de 2014

SEIS MONJES QUE QUISIERON SER "CHAUFFEURS" EN EL 1906


Allá por el año 1906, seis monjes del Asilo del monte San Bernardo decidieron, y es de suponer que con el permiso de sus superiores, "apuntarse" a una autoescuela. ¿Quién se lo hubiera dicho al santo varón  Bernardo de Menthon cuando fundó el asilo?

Escarbemos un poco en la historia. En la vertiente sur  de Los Alpes, entre el valle italiano de Aosta y el del Alto Ródano en Suiza hay un collado por donde se puede pasar de Suiza a Italia y viciversa.  Dicen de este paso de montaña, situado a 2.473 metros de altura, que hay evidencias de su uso desde la Edad del Bronce. Es el puerto más antiguo a través de los Alpes occidentales. Por allí dicen que pasó Anibal con sus elefantes, aunque esta afirmación  no está exenta de controversia. Los datos facilitados por los historiadores Polibio y Tito Livio son muy imprecisos. Los expertos apuntan hasta seis pasos por donde pudo pasar y entre ellos está el Pequeño San Bernardo.

También se dice que lo atravesó Julio Cesar con cinco legiones. Hay restos supervivientes de una calzada romana. En la época del gran Imperio Romano,  el Gran San Bernardo, que por entonces no se llamaba así, fue un paso bastante frecuentado por donde transitaban principalmente soldados camino de la Galia.


Napoleón lo atravesó, en el 1800,  camino de Italia con 46.000 hombres. Muchos de ellos murieron en el intento.

En fechas más recientes fue el mítico español Federico Martín Bahamontes el que, a lomos de su bicicleta, pasó el primero por ese puerto disputando el Tour de Francia de 1966. 


El estrecho  camino sobre el Summus Poeninus, como se llamaba entonces, fue ensanchado  por el Emperador Claudius en el año 43. La ruta ya mejorada permitía el paso de los  carros romanos  y se convirtió en un camino imperial. La montaña se renombro “Mons Jovis” en honor a Júpiter. Con el paso del tiempo y no existiendo ya el dominio de Roma,  el tránsito fue disminuyendo. Los pocos que se atrevían a cruzarlo, no solo corrían el riesgo derivado de la dura climatología, sino el de ser atacados por tríbus de la zona.
En el Medievo, a pesar de los continuos ataques de los ladrones a viajeros y peregrinos, el paso recobra algo del protagonismo que tuvo y  Bernardo de Menthon, en el 1045, promueve la construcción de un hospicio en el puerto, gestionado por una congregación de monjes cuya misión era rescatar, ayudar y proteger a los numerosos viajeros, entre ellos, los peregrinos, que recorrían la Via Francigena. 




Auxiliaron  a caminantes fatigados y rescataron a muchos que se habían perdido en las tormentas o que habían sido atrapados por las avalanchas. A la muerte de Bernardo, varias generaciones de monjes siguieron su ejemplo. Entrenaron y se sirvieron durante siglos de los famosos perros San Bernardo en las operaciones de rescate. Con el paso de los años el Monasterio creció y cada año era mayor el número de viajeros rescatados de la nieve y salvados por aquellos monjes. Ya en el siglo XVI, el paso y el Monasterio tomaron el nombre de San Bernardo.


En el 1892, se abrió la carretera transitable actual en la vertiente suiza; la de la vertiente italiana tuvo que esperar hasta el 1905. Y fue al año siguiente cuando seis de aquellos monjes  salen  del Monasterio para desplazarse hasta  Milán con la intención de aprender a conducir automóviles en una Escuela de Chauffeurs. La noticia llega hasta España y alguna prensa de la época lo da a conocer como un hecho noticiable. Esto responde, decía la prensa, a que el legendario Asilo se ha provisto de coches automóviles especialmente construidos para marchar sobre hielo y nieve y que se utilizarán para transportar a los viajeros y excursionistas recogidos en la montaña. Los coches, al parecer, se habían ensayado con resultados excelentes. Era el momento de dar descanso a los famosos perros San Bernardo.





jueves, 20 de febrero de 2014

VEHÍCULOS EN LA ANTIGUA ROMA

Aquel o aquella que haya pasado por una autoescuela ha podido escuchar de  su  profesor o profesora de teórica que los vehículos  pueden clasificarse en atención a criterios de construcción, a criterios de utilización y, por supuesto, a que estén o no dotados de motor.

Algo parecido se podría decir de aquellos vehículos romanos, aunque en aquel tiempo en lugar de estar  movidos por caballos mecánicos lo estuvieran por caballos de sangre.

Por las calles y calzadas de la Roma Antigua circulaban diferentes  vehículos. La riqueza de la  terminología usada da testimonio  de la variedad de vehículos que había  en cuanto a su forma, tiro, solidez, elegancia y velocidad.

 Como sucede con otras terminologías técnicas en las fuentes literarias antiguas las denominaciones latinas sobre vehículos son vagas y, a veces, hasta contradictorias si se tiene en cuenta los cambios producidos a lo largo de los siglos, aunque los vehículos no llegaran a evolucionar demasiado.    

Diferentes modelos de vehículos  en la Roma Imperial

 Los vehículos que utilizaban los romanos se podían catalogar en tres grupos. Los había que se destinaban al sport y las ceremonias; otros al transporte de mercancías;  y un tercer grupo, más variado, al transporte de viajeros. Dentro de este último grupo los hubo de   dos y de cuatro ruedas.


El “currus” era un vehículo de dos ruedas que se usaba en el circo para las carreras.  Era cerrado por delante y abierto por detrás. Más alta la parte delantera que la trasera. Iba tirado, al menos, por dos caballos. Su conductor los guiaba de pie en el vehículo. Existía otro modelo, más grande, con asientos pintados y adornado todo él; éste se utilizaba en las procesiones, representaciones y otro tipo de festejos públicos.


En cuanto a los vehículos destinados especialmente para el transporte de mercancías tenían: el “plaustrum”, el “serracum” y el “carrus”.

El “plaustrum” era un vehículo de dos ruedas  sólido y compacto. Era utilizado, principalmente, en el ámbito rural. Sus ruedas eran básicamente de madera maciza. Su tracción la ejercían dos robustos y potentes bueyes; en ocasiones también era movido por mulos o por asnos. Su estructura era parecida a la de algunos carros empleados en  algunas regiones de España hasta la década de los años sesenta. La “benna”, era un “plaustrum” utilizado para transportar determinados productos agrícolas como el heno.

En el transporte de mercancías también se utilizaba un carro  más grande con cuatro ruedas denominado “plaustrum maius”.

Otro de los vehículos utilizados para este transporte era el “serracucum", con ruedas más bajas y más sólidas para el transporte de las cargas pesadas. Para el transporte militar se utilizaba el “carrus”, de origen céltico.


Entre los vehículos  que utilizaban los romanos para viajar estaban los de dos ruedas, como el  “cisium”, el “essedum” y el “carpentum”.  Entre los  de cuatro ruedas estaban: la “raeda”, el “petorritum”, el “piletum” y la “carruca”.

El “cisium”  era como un utilitario de los de ahora. Los “cisarii” eran sus conductores y hacían de taxistas. También podían alquilarse sin conductor. Tenían su parada a las puertas de Roma. Era un vehículo  ligero y veloz, si se le uncían dos buenos caballos; tenía  capacidad para dos personas.  Cicerón cuenta que Marco Antonio recorrió 56 millas romanas (unos 82,88 kilómetros)  en una noche con uno de estos vehículos.

El “essedum” era el monoplaza de los romanos. Su construcción se inspiró en el carro de guerra de los galos. Fue un vehículo bastante corriente, pero si su dueño tenía posibles lo adornaba o lo mandaba construir hasta con materiales preciosos. 

El “carpentum” era un vehículo elegante y cómodo. Estaba cubierto y era usado, especialmente, por las matronas romanas dentro de la ciudad. En los caminos, su uso por las mujeres era casi nulo, sin embargo el poeta Propercio nos cuenta que su amada Cintia llegó a viajar desde Roma hasta Lanuvíum, situada a unos  30 km al sureste de Roma, en un carpentum protegido su interior con cortinas de seda.

En este vehículo podían viajar dos, tres o más personas además del conductor y era arrastrado por un tándem de mulas y ocasionalmente  por caballos o bueyes.

Entre los vehículos de viajeros de cuatro ruedas estaban: el “petorritum”, el “pilentum” y la “carruca”

La “raeda” era un carro de cuatro ruedas con capacidad para varias personas con sus equipajes. Era  como el ómnibus romano. Se utilizaba en viajes largos que para no dañar las calzadas se estableció una limitación de carga. En ocasiones se utilizaba para desplazar a todos los miembros de una misma familia.   Podía llevar capota para cubrirlo en función del tiempo. Era el más utilizado para el transporte de viajeros. Se podía alquilar con conductor al que llamaban “raedarius”.  Era tirado por bueyes o mulas, raramente por caballos. .
La “carruca”  se podía considerar como un verdadero vehículo de lujo por la comodidad que ofrecía a sus pasajeros y la finura de sus ornamentos. Sólo estaba al alcance de unos pocos romanos y llegó a ser casi privativo de la clase noble de Roma.  Era un carro descubierto y bastante elevado, que hacía más visible a las personas que lo ocupaban. Solía ir arrastrado por dos caballos. Tenía un centro de gravedad alto por lo que era proclive al vuelco. Carecía de suspensión y su eje delantero era giratorio, innovación  que facilitaba la marcha sobre todo en las curvas del camino. 

La “arcera” era como la ambulancia de los romanos. Tenía cuatro ruedas.  Disponía de suspensión, una verdadera innovación tecnológica de aquellos tiempos que consistía en suspender la caja mediante correas de cuero. Este vehículo era utilizado  para trasladar a sus enfermos, heridos y ancianos. Una verdadera innovación para aquellos tiempos.




jueves, 13 de febrero de 2014

COSTE DE LA FORMACION PARA EL PERMISO DE CONDUCIR

Jaén y A Coruña, las más baratas.


Obtener el permiso de conducir a la primera, con veinte clases prácticas, cuesta en España una media de 723 € según un estudio realizado por Facua-Consumidores en Acción, en el que se han detectado diferencias de precios de casi el 170% (721 €) entre la autoescuela más cara y la más barata. Jaén y A Coruña son las ciudades más económicas (535 €), mientras que Logroño (1.113 €) y Murcia (923 €) son las más caras. El informe también indica que el precio medio de una clase práctica (cuarenta y cinco minutos) está en los 24,60 €, variando entre los 13,3 € en A Coruña y los 31,3 € en Barcelona.
(Revista Tráfico y Seguridad Vial. 2014)


jueves, 6 de febrero de 2014

LA PRIMERA AUTOESCUELA EN ESPAÑA

¿Fue esta escuela de “chauffeurs de Barcelona la primera autoescuela de España?

En el primer tercio del siglo XX, el automóvil en España no había alcanzado la dimensión de otros países vecinos, ni desde el punto de vista de la producción ni por  el número de automóviles matriculados. Estaba por debajo  de  Francia, Inglaterra, Italia o Alemania.

En Barcelona, en esa época, tener un automóvil era un signo de distinción y de buena posición social y económica. Lo mismo   ocurría en el resto de España. Los bajos niveles de renta y el elevado precio de los vehículos hacían del nuevo medio de transporte un objeto de lujo reservado a una minoría.


Los artículos que se escribían en publicaciones de aquella época hacían referencia a los nuevos automóviles que llegaban a España, a las últimas innovaciones que les aplicaban, al desarrollo y resultados de las carreras automovilísticas y  a todo tipo de eventos que se llevaban a cabo  y que daban cabida al automóvil.

Cada año se incrementaba el número de automóviles y de automovilistas. Cada día que pasaba aumentaba el número de aficionados a este medio de locomoción. Aunque el automóvil era prohibitivo para la mayoría de ciudadanos de aquella época, éstos demandaban información concreta y específica sobre el mismo. Surgían nuevos modelos de vehículos, se producían importantes avances mecánicos y técnicos, se celebraban exposiciones y salones, se organizaban   pruebas automovilísticas en distintas ciudades y puntos de la geografía española y  se batían nuevos récords velocidad. La gente deseaba tener  la máxima información posible de las novedades y acontecimientos relacionados con el automóvil, así como otras cuestiones relacionadas con el estado de las carreteras, las nuevas leyes y ordenanzas que se promulgaban, etc. El público español mostraba una gran afición  por todo aquello que tenía algo que ver con el automóvil. Fue una constante desde el momento que hizo acto de presencia por primera vez en las calles y carreteras españolas. Pero, en honor a la verdad, hay que decir que también tuvo sus detractores, aquí en España y allá donde aparecía por vez primera.
   


 A causa  de dicha afición empezaron a surgir diferentes establecimientos comerciales e industriales en torno al automóvil. Se crearon los primeros concesionarios, los primeros garajes, las primeras publicaciones y las primeras escuelas  de “chauffeurs”. 

Aquel establecimiento donde se aprendía el manejo de un automóvil y el funcionamiento de su motor se denominaba, a principio del siglo XX, "Escuela de Chauffeurs”. Aquellas escuelas que se dedicaron a enseñar a las personas que querían ser “chauffeurs” surgieron en la ciudad de Barcelona hace más de un siglo. Fueron  el resultado de la iniciativa personal de algunos barceloneses con visión de futuro.

En principio no existía una normativa específica para abrir este tipo de centro. Las escuelas que existieron en la primera década del siglo pasado estaban muy relacionadas con garajes y ventas de automóviles.

El primer barcelonés  que se relaciona  a este tipo de establecimiento fue Paco Abadal. Según su partida de nacimiento, viene al mundo, en Manresa, el 28 de Julio de 1875. Era hijo de Narciso Serramalera Camps y de Dolors Abadal Cots. Sus padres se trasladan a Barcelona, donde llegan a residir en diferentes domicilios. Estudia Ingeniería y, en su juventud, se interesa por el ciclismo, llegando a ser un ciclista profesional de reconocido prestigio. Pronto se convierte en un renombrado "chauffeur".

Francisco S. Abadal fue uno de los primeros industriales que, en la Barcelona de principios del siglo XX, se dedicó al comercio e industria del automóvil, actividad que inició como razón social con el nombre de F. S. Abadal & Cº con establecimiento radicado en la calle Aragón, 239 al 245 de Barcelona, más conocido por  Auto Garaje Central, concesionario de La Hispano-Suiza S.A.

En el verano  de 1906, en el Mundo Deportivo, se publica como noticia que F.S. Abadal  ha decidido crear en Barcelona una "Escuela de Chauffeurs”. La dirigirá él y la función docente estará a cargo de dos profesores. En ella se enseñará el manejo, conservación y arreglo del automóvil.

Esta noticia nos hace pensar que la "Escuela de Chauffeurs” del señor Abadal es la primera autoescuela de Barcelona y muy posiblemente de España.

Uno de los profesores fue un joven francés llamado Derny, nacido en Paris y afincado en Barcelona. Coincidía en aficiones con Abadal. Participó en gran número de carreras ciclistas, motociclistas y automovilistas. En Barcelona alcanzó fama de ser uno de los mejores “chauffeurs” del momento por lo que el Sr. Abadal lo fichó como profesor para su escuela.

Como consecuencia de esta noticia, muchos lectores del Mundo Deportivo se dirigieron a este medio pidiendo detalles de la “Escuela de  Chauffeurs””. La enseñanza que se daba era teórica y práctica; la práctica se hacía en un coche de 4 cilindros destinado exclusivamente a ello y provisto de doble alumage (que no doble mando). Se informaba que el coste de la enseñanza era de 200 pesetas. No crean, pero… era un precio altísimo para aquella época.

Por aquel tiempo en el que se atisba una considerable demanda de “chauffeurs”, Pompeyo Martín escribe un libro con el título de  “Manual del Chauffeur” con nociones teóricas y prácticas de automovilismo. Se publicitaba en la prensa como indispensable para los que guiaban automóviles. Contenía explicaciones sencillas y claras, ochenta y ocho grabados descriptivos y se publicitaba diciendo  que estaba impreso esmeradamente y, por supuesto, encuadernadas sus 295 páginas. Su precio era de 3 pesetas.


Durante el año 1907  aparece en el Mundo Deportivo un  goteo de noticias sobre la mencionada Escuela de “chauffeurs” del Sr. Abadal. Su escuela debió ser un gran acontecimiento social en la Ciudad Condal. La prueba era las notas que aparecían en la prensa de de aquellos días:

“La escuela de de chauffeurs, creada por el amigo Paco Abadal, continua viéndose muy concurrida; sólo en la pasada semana se dieron de alta a cinco nuevos chauffeurs, a cada uno de los cuales se le ha librado el oportuno certificado de aptitud.” (Mundo Deportivo. 1907)

“Cada día es mayor el número de alumnos que concurren a la Escuela de Chauffeurs establecida en el Garage Abadal y Cª, habiendo sido examinado y aprobado por el ingeniero de la División de f.c. D. Alejandro de Madrid Dávila, el alumno de dicha escuela D. Jesús González.”. (Mundo Deportivo. 1907)




Con muy poca diferencia de tiempo se creaba en Madrid una escuela de “chauffeurs” dentro de la de Artes e Industrias. Ésta parece que tuvo un carácter más institucional y público que la de Barcelona. La Dirección pidió un crédito para los gastos de instalación. El ministro de Instrucción Pública del momento intercedió para que, como proyecto de inversión,  le fuera concedida la cantidad de 20.000 pesetas para su puesta en marcha.

Corría el año 1906. Las autoescuelas españolas comenzaban su andadura. Habían escrito la primera página de su particular historia.



sábado, 1 de febrero de 2014

EL CARRO, BOSQUEJO HISTÓRICO

El carro ha sido el medio de transporte terrestre más antiguo de la historia. La mayoría de historiadores coinciden en situar sus orígenes en Mesopotamia entre el 3.500 y el 4.000 a.C.  De allí se extendió al mundo entero  llegando a compartir las vías publicas con los camiones en los primeros años del siglo XX.


  En las civilizaciones más antiguas el vehículo más frecuente era sin duda el carro asociado a escenarios de guerra; fue el que más evolucionó. Era un objeto de prestigio para su dueño además de objeto para la guerra o quizá por ser un objeto de guerra era un objeto de prestigio. El guerrero montado en su carro era superior y con más posibilidades de vencer que el guerrero infante. El carro daba prestigio a la clase dirigente de la época.
   
 Como muestra del estatus social de su dueño, el carro  era utilizado, en algunas regiones, como parte del ajuar funerario y, muy posiblemente,  su cadáver era transportado hasta la tumba en uno de estos carros; así, el difunto podría seguir disfrutando, en el más allá, del mismo estatus social que tuvo en este mundo.
    
 Algunos historiadores sitúan la aparición de los primeros carros en la península Ibérica entre los siglos XI y VIII a.C.

  Los primitivos carros usaban ruedas macizas, unidas a ejes fijos; eran tripartitas, es decir construidas a partir de tres tablas unidas entre sí por tablones remachados: las llantas pudieron ser de cuero fijado con numerosos remaches de cobre o bronce.

La combinación de ruedas sin radios y ejes fijos los convertía en vehículos lentos y poco maniobrables. Con el paso del tiempo fueron evolucionando y empezaron a surgir carros más ligeros y con más facilidad para los giros, basando su construcción en una tecnología de la madera totalmente diferente a la de los primitivos carros. En primer lugar se escogían con mucho cuidado tipos diferentes de madera, seleccionadas por sus propiedades mecánicas de resistencia, peso, flexibilidad y dureza. Se empezaron a construir con timón de madera de olmo; la rueda, de roble u olmo; los ejes y  radios, de roble; las pinas y la estructura de la caja, de fresno; el cubo del eje, de olmo.

La elección de las diferentes maderas respondía a una larga experiencia  práctica; el olmo, por ejemplo, era la madera más utilizada especialmente por su resistencia a rajarse o partirse. En algunas regiones no se encontraba este tipo de madera por lo que la construcción de estos vehículos resultaba muy cara.

 Sus constructores, al principio, evitaban cualquier elemento metálico como clavos y remaches que atravesaran la madera porque  podrían rajar las piezas al ser sometidas a velocidades altas o maniobras bruscas sobre terrenos no pavimentados, irregulares y llenos de obstáculos. Para la unión de los diferentes elementos empleaban corteza de abedul y cuero húmedos que se contraían al secarse; también usaban colas naturales.
    




La innovación esencial de los nuevos carros fue la construcción de ruedas con radios, mucho más livianas y a la vez mucho más resistentes. Al principio, se construían con sólo cuatro radios, después pasaron a seis y a principios del primer milenio, hasta ocho y doce, aunque algunas regiones se mantuvieron siempre fieles a las ruedas ligeras de cuatro. Su gran diámetro, alrededor de un metro, y el estar unidas a un eje muy retrasado y ancho, de hasta 2,5 metros, proporcionaba gran estabilidad al vehículo. 
   
En la pina  se encajaban los rayos o radios de la rueda por la parte interior y por la exterior se fijaba  la llanta de hierro. Esta pieza  tenía una compleja estructura; estaba hecha con varias piezas (cerchas) de  madera doblada y encoladas a bisel. También se llegaron a construir  pinas con una sola madera, doblada mediante calor hasta un círculo completo. Las uniones de las piezas se aseguraban con cuero.  A veces la pina era doble y  estaba formada por una interior con piezas unidas a bisel y otra exterior en cuartos de círculo, probablemente cubiertas de cuero.
    

La posición del eje del carro tenía gran importancia; un eje ubicado bajo la parte central de la caja era más práctico para transportar carga o personas sentadas. Así suponía un menor peso en vertical para los animales de tiro cuando arrastraban  en subidas o bajadas; en esta posición se causa menos tensión sobre el yugo que si el eje estuviera en la parte trasera del vehículo. Este es el motivo de que la gran mayoría de carros  de carga de dos ruedas tengan  el eje bajo el centro de la caja del carro.