viernes, 26 de junio de 2015

UNA HARLEY EN LA FARMACIA…


En 1921, Irving Morse, un ex aprendiz y emigrante judío ruso que había estudiado farmacología en la Universidad de Columbia, adquirió la tienda Kiehl's creada por  John Kiehl en 1851 como una famacia homeopática en la esquina de la Tercera Avenida con la Calle Trece, en el barrio East Village de Nueva York. El hijo de Irving, Aaron Morse, quien también estudió farmacología en Columbia, se hizo cargo de la tienda en los años sesenta.



Según reza el rotulo que tiene colgado el sugerente maniquí, expuesto en el Corte Inglés de Palma de Mallorca, al igual que la motocicleta Harley Davidson WLC, las Harley fueron una de las grandes pasiones de Aaron Morse.

Mr Morse era un coleccionista de motocicletas, que exponía orgulloso en la farmacia Kiell´s del East Village de Nueva York junto a su flota 
de aviones y de Lamborghinis para el disfrute de sus clientes. 





Hoy sus motos siguen expuestas en la farmacia original de Nueva York y en cada una de las boutiques Kiehl´s del mundo se puede encontrar una Harley Davidson original en homenaje a Aaron Morse  como este modelo (expuesto en el Corte Ingles) que se conoce como “forty-five” con un motor versátil, robusto y fiable que mantuvo su producción durante tres décadas.




viernes, 19 de junio de 2015

PERSONAS CON CEGUERA EXPERIMENTAN SENSACIONES NUEVAS A LOS MANDOS DE UN AUTOMÓVIL




Al volante a ciegas: un grupo de invidentes aprenderá a conducir mañana en Cádiz
Fuente: www. ecomotor.es
Un grupo de cuarenta afiliados a la ONCE, ciegos totales y deficientes visuales graves, van a estrenarse mañana al volante cumpliendo así su sueño de experimentar en primera persona la sensación de conducir.
Por primera en sus vidas van a saber lo que es pisar el acelerador o cambiar una marcha. La ONCE de Cádiz, en colaboración con seis autoescuelas de Cádiz, Puerto Real y San Fernando, ha puesto en marcha esta iniciativa que ha despertado gran expectación entre los afiliados de la ONCE ya que se han inscrito cuarenta personas casi todas ellas de Cádiz y su provincia, pero también procedentes de Málaga, Sevilla o Madrid.
La actividad se va a realizar en la explanada de la zona franca de Cádiz, dentro del programa de actividades que la ONCE desarrolla en la provincia de Cádiz en materia de animación sociocultural y deportiva, y gracias a la colaboración desinteresada de seis autoescuelas gaditanas.
La jornada comenzará a las 10.30 h. y se prolongará hasta las 13.30 h. Constará de tres circuitos, el primero de iniciación en arranque y salida, un segundo circuito cerrado con curvas, y otro de aceleración donde los participantes podrán cambiar varias marchas.
La actividad ha contado con la colaboración del delegado especial del Estado Consorcio de la Zona Franca de Cádiz, de la autoridad portuaria Bahía de Cádiz, y las seis autoescuelas implicadas, encabezadas por Manuel Rodríguez, que han hecho posible que este sueño para este grupo de afiliados se haga realidad.
Esta es la primera vez en España que personas ciegas podrán conducir un vehículo, bajo el control de los profesores de autoescuela, tras una primera experiencia piloto, de menor dimensión, desarrollada en el Campo de Gibraltar hace cinco años.


lunes, 8 de junio de 2015

EL AUTOMÓVIL Y LA AUTOESCUELA (V)

Pioneros del automóvil: El coche con motor de explosión

A pesar del éxito conseguido con el vapor y la electricidad, el desarrollo del automóvil tomó otra dirección en busca de otra fuente motriz de mayor rendimiento: el motor de combustión interna o motor de explosión.

El suizo Isaac de Rivaz, en el 1807 construyó un motor de explosión y lo montó en un primitivo carretón. Este experimento significó una notable innovación en el elemento de propulsión de los vehículos. Consistió en la utilización de una mezcla de hidrocarburo con aire. Esta mezcla se encendía eléctricamente en el interior de un cilindro, consiguiendo así el movimiento del pistón.

El siguiente acontecimiento se debe, en esta ocasión, a un  belga, el ingeniero Jean Joseph Etienne Lenoir. Creó el primer motor de combustión interna de dos tiempos en 1860 y el de cuatro tiempos en 1863. Como sus motores dejaban bastante que desear, sólo  se construyeron algunos para maquinaria automotriz.

Sería un ingeniero francés, Alphonse Beau de Rochas quien influiría decisivamente en el desarrollo de este tipo de motores. En 1862 registró una patente sobre la compresión del gas antes de la combustión y del sistema de alimentación de cuatro tiempos. No llegó a construir un motor de experimentación y dejó caducar su patente por motivos económicos. Sin embargo, años más tarde,  este invento  llegaría a tener su importancia. 

El ingeniero alemán Nicolaus August Otto perfeccionó aquel modelo  aplicando el ciclo de cuatro tiempos y lo  convirtió en algo práctico. Desde entonces se llama ciclo de Otto al ciclo de cuatro tiempos (admisión, compresión, explosión y escape) que desarrollan los cilindros de estos motores. 

Fue Otto el primero en ponerlo en práctica construyendo un motor de cuatro tiempos como los que constituyen la base de los motores de los automóviles modernos.

A Otto se asoció Rudolf Diesel en los años noventa del siglo XIX y fue éste quien implantó un nuevo sistema para el motor de combustión que también lleva el nombre de su creador.


Durante muchos años, el coche eléctrico fue un excelente competidor del coche de combustión interna, pero en los años siguientes y por diferentes circunstancias sucumbió ante el automóvil con motor de gasolina. La carrera para la fabricación de los automóviles con motor de explosión se había iniciado.




Corría el año 1894 cuando el periódico francés “le Petit Journal organiza una carrera en la que podía tomar parte cualquier automóvil con independencia de la fuente de energía de su motor. El recorrido sería de Paris a Rouen, ida y vuelta con un recorrido total de  126km. En esta prueba los ganadores fueron automóviles De Dion-Bouton y Peugeot. Al año siguiente De Dion organiza otra de Paris a Burdeos y regreso a Paris con un recorrido, nada menos que  de 1.175 km. La gana un automóvil de Peugeot. A partir de  esta prueba se generaliza la idea de que el futuro del automóvil está en el motor de explosión. 

Estas y otras carreras que se fueron sucediendo sirven para promocionar la aparición de nuevos fabricantes; la producción de automóviles aumentó considerablemente. Al iniciarse el siglo XX había ya en Francia casi 3000 vehículos y 24 marcas  registradas.

Pronto empezaron a ser conocidas marcas como las francesas Peugeot, Berliet, Reanault y Darracq; la italiana, Fiat; las alemanas, Benz, Opel y Audi; las británicas, Panhard- Levassor, Riley y Humber; la española, Hispano-Suiza.



Había mucha competencia entre los diseñadores e ingenieros  franceses y alemanes; pronto se incorporaron los británicos. Se puede decir que la revolución del automóvil comienza en torno a 1890, cuando la producción de vehículos se incrementa y los inventores tanto de Europa como de América del Norte empiezan a invertir en tecnologías para la fabricación de vehículos. En EEUU se diseñan y se fabrican automóviles de las marcas Rambler, Winton, Oldsmobile (la más antigua), Humber, Knox, Buik, Doge, Pierce-Arrow, Cadillac, Studebaker, Flanklin, Ford, REO y algunas más, tanto de Europa como de EEUU, cuya lista sería muy extensa.


No se nos puede olvidar que, al principio el centro principal de desarrollo del automóvil fue Europa y del taller artesanal se pasó en pocos años a la línea de montaje. Mientras se fabricaban los primeros vehículos en talleres artesanales, cada vez más empresas se dedicaban a la producción de automóviles, sobre todo aquellas cuyas maquinarias y plantilla las capacitan para producir las piezas necesarias en la construcción de vehículos con la precisión requerida. La empresa francesa Peugeot comenzó con la construcción automóviles para los cuales compró, al principio motores de otros fabricantes.  Años más tarde, incorporó también la fabricación de estos componentes.

En vísperas de pasar al siglo XX, (finalizar el siglo XIX) el mundo del automóvil en EEUU estaba dominado por los coches eléctricos y ya en 1903 era Oldsmobile la que encabezaba la estadística  de producción con coches de gasolina. En 1907, Ford se colocó en primera posición y la mantuvo hasta 1926, debido principalmente al Ford T. 



Estos automóviles sólo estaban al alcance de los económicamente poderos y pronto se hizo imprescindible emplear un chófer a partir de un determinado tamaño de vehículo del cual también se podía deducir el nivel social de su propietario. Esta surgida necesidad hizo que, de manera inmediata, se crearan escuelas especiales — autoescuelas — para la formación de aquellos chóferes, proporcionándoles los conocimientos imprescindibles sobre conducción, así como la mecánica del automóvil para capacitarles en la realización de las reparaciones necesarias en caso de avería. 





jueves, 28 de mayo de 2015

UNA AUTOESCUELA EN EL SIGLO XIX

y además tenía su propia pista de aprendizaje

En octubre de 1898 la Compagnie Générale des Petites Voitures pone en circulación varios coches automóviles movidos por electricidad. 

Estos coches, que empiezan a llamar la atención de los parisinos, están destinados, de momento, al uso exclusivo de los ingenieros de la Compañía.  Sus directivos quieren que cuando se pongan al servicio del público no haya que corregirles ningún defecto ni pueda llegar a ocurrir accidente alguno. Esto dañaría el prestigio que la compañía de taxis tiene en París. El modelo que han elegido es el landaulet. Los acumuladores que proporcionan la potencia al motor van bajo el coche y el motor queda detrás, dentro de una especie de arca. Puede alcanzar una velocidad de 15 km/h. Algunos opinaban que esta velocidad podría llegar a ser hasta excesiva para circular por  París.

Bajo el asiento hay un aparato llamado combinador regido por una palanca que manipula su conductor con la mano izquierda. El dispositivo se llama así porque mediante algunas combinaciones llevadas a cabo por su conductor el vehículo se mueve hacia delante, hacia atrás o se detiene si la palanca se coloca en posición vertical.



El conductor dirige el vehículo mediante un volante  que es como una pequeña rueda de timón y que maneja con la mano derecha. Este volante mediante un engranaje hace girar las ruedas delanteras a izquierda o derecha. Las ruedas de sus predecesores se hacían girar mediante una palanca. El coche dispone de dos frenos: uno actúa sobre las llantas de las ruedas traseras que son motrices y otro sobre los ejes. Ambos entran en funcionamiento por medio de unos pedales colocados al alcance del conductor. Para moderar la marcha puede utilizar también la palanca del combinador,  esa que sirve para detener el vehículo.

La energía que les proporcionan los acumuladores le dan una autonomía de entre 50 y 60 kilómetros. Una vez consumida hay que cargar de nuevo en alguna de las plantas o fábricas que hay al efecto.

La Compagnie Generale des petites Voitures (CGV) tiene construida  una de estas plantas en Aubervilliers, municipio próximo a Paris. Y aunque nos parezca insólito, a la vez que construyó su fábrica, creó una autoescuela o como dijo alguna prensa de la época, una academia de conductores: La compañía ha establecido en Aubervilliers una academia de conductores mecánicos para que aprendan la manera de dirigir los carruajes. La época era, no lo olvidemos, el siglo XIX, año 1898.



Para la enseñanza de aquellos conductores mecánicos construyó alrededor de la planta una pista de enseñanza en la que practicarían los alumnos.  Alguna prensa del inicio del siglo XX, refiriéndose a dicha pista, escribió textualmente: (…) donde los cocheros mecánicos se amaestren en el manejo de los vehículos, con el objeto de no acometer atropellos en las calles.

Para dar una enseñanza eficaz, la pista la construyen con distintos pavimentos: hay tramos con un firme resbaloso  que se moja con agua para que sea más deslizante y de escasa adherencia donde algún aprendiz  traza sobre el suelo con su vehículo extraños movimientos que podrían llegar a rivalizar con un experto patinador en una pista de hielo; otros  están pavimentados con marcadam o con adoquines; a lo largo de sus 700 metros construyeron rampas y pendientes, tramos rectos y con curvas de distinto radio. Aquí una rampa del 5% a la que sigue un tramo llano con una curva; más adelante otra rampa del 10% con un pavimento rugoso de unos cuarenta metros de longitud que cuando se hace el recorrido en sentido contrario se transforma en pendiente. En fin, han intentado simular lo más parecido a una calle parisina.


Los alumnos, excocheros la mayoría,  que han abandonado las riendas y el látigo para los caballos de sangre y se han cambiado a la rueda de  dirección para los caballos mecánicos, aprenden,  bajo la vigilancia de un experimentado profesor,  a sortear toda clase de escollos y dificultades que pueden encontrar por las calles de Paris. Aquí encuentran un montón de madera abandonada en la calle, un poco más adelante será un montón de piedras y hasta vidrios podrían llegar a encontrar. Pero lo que más llama la atención es el considerable número de siluetas representando todo tipo de peatones: gruesos señores que fuman plácidamente su puro, vendedores ambulantes que ofrecen su mercancía a gritos, militares, nodrizas, niñeras que empujan un cochecito y hasta algún perro cruzando el arroyo — así se ha llamado a la calzada en otros tiempos —.  Por no faltar en esta representación de la fauna parisina, no falta ni el ciclista, aunque en ocasiones sea aplastado por algún alumno algo atolondrado y poco hábil. 



Estos cocheros reciben enseñanzas sobre el manejo del vehículo y practican, bajo la atenta mirada de un experto profesor. Aprenden a sortear cualquier obstáculo sin atropellar a nadie de esta muchedumbre… de cartón y madera que invade la pista de aprendizaje.


A pesar del esfuerzo, la inquietud y las buenas intenciones de los dirigentes de la Compagnie Generale des petites Voitures (CGV), lo mismo en Paris que en cualquier otra ciudad, ocurrirán, lamentablemente,  atropellos, contusiones y otros incidentes o accidentes en los cuales no se aplastarán unos trozos de madera o cartón como en Aubervilliers o en Viena, sino que se pondrá en peligro la vida de pacíficos y cachazudos ciudadanos que pasean tranquilamente.





Hay constancia documental de que, también en el 1898, se terminó de construir en Viena  una pista  similar  a ésta donde cualquier chauffeur vienés podrá  practicar el manejo de los carruajes automóviles para evitar tantos atropellos como se producen por la ineptitud de los conductores.

En el casi rematado siglo XIX, circulaban por Viena más de dos mil quinientos automóviles y, ya fuera por la impericia  de sus conductores o  por  aquellas endiabladas velocidades (unos 20 km/h)  que, a juicio de muchos ciudadanos, no debieran estar permitidas, no pasaba día sin que en las calles de Viena no se registrase alguna desgracia ocasionada por alguno de aquellos automóviles. Los promotores de esta pista de aprendizaje estaban en el convencimiento de que con algo de enseñanza y de entrenamiento se podrían evitar  en su ciudad casi todos los atropellos.

Al igual que en la pista de Aubervilliers se colocaron numerosos  obstáculos en el centro y a los lados de la pista, unos fijos y otros móviles. Con el objetivo de aprender a sortearlos, se intentó reproducir todos los estorbos  que habitualmente dificultan una buena circulación por las calles de cualquier gran ciudad.

La inquietud por preparar a los conductores de automóviles viene de lejos; de tan lejos que ya se remonta al siglo XIX, al inicio de la historia del automóvil. Y con él ha recorrido un camino paralelo, aunque con resultados desiguales.

De las autoescuelas creadas por entidades que no se han dedicado de manera específica a la formación del conductor, la Compagnie des Petites Voitures es la más antigua (al menos, de las que el autor de este blog  tiene conocimiento). 

A estas entidades le han seguido, como ya saben los lectores de este blog, la  Escuela de Chauffeurs de Turin (1904),  la Escuela de Chauffeurs de la Hispano-Suiza en Barcelona (1909), la Escuela de Chauffeurs de la Unión de Cocheros de Madrid  (1910), la de Berlín para chauffeurs de autobuses (1925) y no olvidemos la que acaba de crear  la Mutua Madrileña (2015).












martes, 19 de mayo de 2015

EL AUTOMÓVIL Y LA AUTOESCUELA (IV)

Pioneros del automóvil: El coche eléctrico

El automóvil eléctrico no es un recién llegado, es un invento del siglo XIX. Tiene casi dos siglos de historia aunque esté repleta de altibajos, de luces y de sombras.  Su invención se remonta a la primera mitad del siglo XIX y hay que decir que apareció antes que el vehículo con motor de explosión. Y sería justo decir también que los coches eléctricos que circulaban por los caminos de los países industrializados en los años iniciales del siglo XX superaban en número a los movidos por vapor o por derivados del petróleo. Vamos que en aquella época eran los dueños de las carreteras, más bien de los caminos.

Mientras que la industria europea concentraba sus esfuerzos en ofrecer a sus clientes un automóvil rápido,  la americana,  que empieza a vislumbrar el futuro del automóvil eléctrico, piensa en su fabricación a gran escala y  en su posterior comercialización y pronto empiezan a surgir marcas como Morris y Salom, Baker Motor Company o Studebaker que lograron un  cierto éxito comercial antes de entrar de lleno en el siglo XX.

Fue un tal Robert Anderson, un industrial escocés el que, en 1839, inventó el que sería el primer coche eléctrico de la historia. No era otra cosa que un carruaje equipado con un motor eléctrico alimentado por una pila de energía no recargable. Aquel motor sólo fue capaz de mover aquel vehículo a una velocidad de 6 kilómetros por hora.


En 1881, los ingleses William Ayrton y John Perry crean el primer triciclo eléctrico. Su batería le proporcionaba una potencia de medio caballo y podía recorrer, dependiendo del terreno, entre 16 y  kilómetros a una velocidad de 15 km/h.




Por este mismo año (1881), el francés Charles Jeantaud, con ayuda de otros, diseñó y construyó su primer coche eléctrico. Era un vehículo pesado, su motor eléctrico funcionaba con 21 baterías. Este vehículo y los que construyo posteriormente fue financiado por el aristócrata francés Gaston de Chasseloup Laubat y que fue además conductor habitual de estos vehículos.  

Transcurre poco más de una década, y el ingeniero mecánico Henry G. Morris y el químico Pedro G. Salom se asocian y construyen, en 1894  el  “Electrobat”, maravilla de ingeniería, según opiniones de sus contemporáneos. Disponía de dos motores de 1.5 caballos cada uno que hacían posible que circulara a una media de 32 km/h., pudiendo recorrer una distancia de unos 40 kilómetros.

Los primeros modelos  tenían ruedas de hierro para soportar el enorme peso de la   batería.  Para el primer viaje de prueba se necesitó de un permiso del Ayuntamiento que puso un policía por delante para despejar cualquier carruaje de caballos que hubiera en el camino y evitar el pánico en los animales.


 En 1898, Gaston de Chasseloup Laubat  pilotando vehículos electrcios Jeantaud bate el record de velocidad de 63.149 km/h. Un año más tarde lo establece en 92.696 km/h.







El enorme peso de las baterías y el hecho de no ser recargables era dos grandes inconvenientes de los primeros vehículos eléctricos. Transcurrieron cuatro décadas hasta que se inventaron las primeras baterías recargables. Fue a partir de entonces cuando el coche eléctrico empieza a fabricarse en plan industrial.

Antes de alcanzar el siglo XX, en 1899, el piloto Camille Jenatzy, con un coche eléctrico llamado “La Jamais Contente”, logra alcanzar 105 kilómetros por hora, estableciendo un nuevo record de velocidad.




Antes de alcanzar el siglo XX, la Baker Motor Vehicle Company empieza a producir el Baker Electric en dos modelos distintos. Ambos disponía de dos asientos y baterías de 12 células que le proporcionaban potencia sufieciente para recorrer una distancia de 160 kilómetros a una velocidad de 35 km/h.





El coche eléctrico se ponía de moda. Estos coches se impusieron  a otros medios de transporte y tal era su éxito que en el año 1900, casi el 30% de los automóviles que rodaban por EEUU eran eléctricos. Parece ser que, por lo menos, había veinte mil automóviles movidos por electricidad. Con la entrada del nuevo siglo se empezó la construcción de autobuses y taxis eléctricos.  




El entusiasmo por los coches eléctricos también se instaló en Europa, en especial en Francia. Nuestro país no fue ajeno a la moda de aquellos primeros automóviles. Una empresa, la “E. la Cuadra y Cía”, Compañía General de coches-automóviles Emilio de la Cuadra fue la primera que se en Barcelona y a pesar de los importantes esfuerzos que dedicó a su desarrollo tuvo escaso éxito. Su aventura apenas duró poco tiempo  y en 1901, debido a la falta de recursos económicos, tecnológicos y materiales, tuvo que cerrar. Algunos de sus acreedores, aprovechando la maquinaria y el personal especializado, constituyeron la empresa “F. Castro y Cía”, dedicada a la fabricación de automóviles con motor de explosión. De esta esta empresa surgiría, en 1904, La Hispano Suiza.


Aquellos automóviles con motor eléctrico eran silenciosos y fáciles de arrancar porque no era necesaria la incómoda manivela de aquellos otros con motor de combustión, pero tenían escasa autonomía y una velocidad máxima reducida, apenas superaban los 30 km/h. Por  estos y otros motivos pronto llegó su declive en beneficio de los propulsados por motores alimentados por gasolina. A todo esto se añadió el machismo de la época:


“Para ciertos sectores de la población el coche eléctrico carecía de virilidad. No era lo suficientemente potente, era demasiado silencioso y por encima de todo era muy apreciado por las mujeres. En una sociedad machista como la de la época, el motor térmico con sus ruidos y sus escapes humeantes se veía como algo más impresionante y exclusivo. De hecho su complejidad mecánica hacía que las mujeres quedaran excluidas en las tarea de reparación y convertía al motor de combustión en un objeto decididamente masculino”.

La historia del automóvil eléctrico a los largo del siglo XX  se ha catalogado como una sucesión de oportunidades perdidas e intentos fallidos. Después de su excelente desarrollo industrial y unas perspectivas de futuro envidiables, los fabricantes lo dejaron  de lado en beneficio del automóvil con motor de combustión interna.



Parece ser que nuevas generaciones de aquellos pioneros del siglo XIX llegarán a la edad adulta en el siglo XXI. Estamos viendo como resurge el automóvil eléctrico. Se empieza a escribir una nueva página de la historia del automóvil.  


Próxima publicación: UNA AUTOESCUELA EN EL SIGLO XIX.













martes, 12 de mayo de 2015

EL AUTOMÓVIL Y LA AUTOESCUELA (III)

Pioneros: automóviles  impulsados por un motor a vapor

Desde un punto de vista histórico, los fabricantes de automóviles, en cuanto al elemento de propulsión de los mismos se refiere, han recorrido tres caminos: el de los vehículos a vapor, el de los eléctricos y el  de los automóviles de combustión interna. En estos últimos años están recorriendo un cuarto, el de los vehículos híbridos, aunque hay que decir que lo están  haciendo a “velocidad anormalmente reducida”. Y por último acaban de iniciar otro: el de los vehículos  autónomos o vehículos sin conductor.

La aplicación del vapor al movimiento de las máquinas abre un vasto campo a la mecánica y a la industria. Se  aplica por un lado a los carruajes que circulan por caminos de hierro en los que las ruedas marchan por un carril constante del que no pueden separarse y, por otro, a los carruajes que recorren caminos de tierra y que, a voluntad de su conductor,  pueden cambiar de dirección en cualquier cruce de caminos dejando uno para seguir por otro diferente.

Las ventajas de aquellos vehículos que viajan por caminos de hierro eran verdaderamente prodigiosas, sin embargo no dejaban de encontrarles inconvenientes: era preciso repartir la carga entre varios carros atados unos a otros con el consiguiente aumento de gasto por un lado y, por otro,  el incremento de dificultad para manejar y dirigir tantos carruajes enganchados unos a otros; no se pueden encontrar de ida y de vuelta salvo en determinados parajes; no se desplazan a derecha ni a izquierda, ni cambian de dirección porque su dirección está predetermina por la vía una vez que se ha elegido el sentido.

Inventores, ingenieros y hábiles mecánicos, para remediar estos y otros inconvenientes,  conciben y fabrican  carruajes de vapor que, aunque no tengan la extraordinaria rapidez de los destinados a los caminos de hierro, puedan viajar por cualquier parte, ya sea por llanura y por montaña, puedan cambiar de dirección y de sentido y pueden parar en cualquier lugar del camino que lo deseen sus conductores.

Los primeros vehículos a vapor fueron los destinados a desplazarse mediante raíles. Fue James Watt,  allá por el año  1769, el inventor de  la primera locomotora a vapor.

Nicolás-Joseph Cugnot, oficial de ingenieros del ejercito francés buscaba una forma de arrastrar los grandes cañones de artillería e ideó y construyó un primer prototipo en 1769 al que llamó Fadier. Se considera que fue el primer automóvil. Era un triciclo con ruedas de madera, llantas de hierro y  pesaba 4,5 toneladas. Un año después (1770) construye el segundo prototipo que era una versión mejorada del anterior. Su consumo era muy elevado debido al tiempo que necesitaba para alcanzar la temperatura adecuada para poder desarrollar su fuerza. Éste vehículo fue protagonista del primer accidente de la historia al chocar contra una pared. La última versión que se construyó se encuentra expuesta en el Museo Nacional de la Técnica de París.

La carrera por lograr reemplazar al caballo  por un vehículo autopropulsado continuó, especialmente en Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

He aquí una recreación del susodicho primer accidente.


Después del fracaso del Carro de Cugnot, los británicos atribuyen la construcción del primer automóvil de vapor destinado al transporte de personas a Richard Trevithick. Este inventor e ingeniero inglés, tras asociarse con Andrés Vivian, inició la construcción de su vehículo conocido como locomotive. En su primera prueba, la máquina se paró porque la caldera se   había quedado sin agua y, en consecuencia, el mecanismo carecía de vapor. En la segunda, la caldera también se quedó sin agua y las piezas de madera se calentaron tanto que la máquina se incendió. En 1802, ya estaban preparados los planos de una nueva máquina, prevista para estar adaptada a una calesa para el transporte de pasajeros.

En 1803 se terminó la construcción de un vehículo que se llamó London Steam Carriage. Se realizaron las primeras pruebas y ese mismo año Trevithick se aventuró en un viaje desde Leather Lane hasta Paddington, desde allí a Islington y luego regresó al punto de partida. El recorrido era considerable y el viaje se llegó a considerar como un éxito, sin embargo este vehículo de vapor no llegó a imponerse debido a que su mantenimiento resultaba más  costoso que otro vehículo de características similares arrastrado por caballos de sangre.

 Oliver Evans construye en Filadelfia el primer automóvil de vapor en el continente americano en el 1803.


Desde 1822, en Gran Bretaña funcionaron diligencias de vapor. La construida por Gurney realizaba el trayecto entre Londres y Bath recorriendo unos 170 kilómetros con 18 pasajeros a bordo.



El francés Amédee Boleé tuvo listo su primer vehículo en 1873. Podríamos decir que era una diligencia sin caballos de sangre (la edad de oro de estos vehículos había quedado atrás). Le llamó L´obeissante (El obediente) por su fácil manejo. Su primer viaje por carretera fue de Le Mans a París y lo hizo en 18 horas transportando 12 viajeros a una velocidad media de 30 km/h. Era de tracción trasera (quizá habría que decir, para ser más exacto, de propulsión) y estaba movido por dos motores de vapor, uno para cada rueda. El vehículo original se conserva en la colección del Conservatoire National des Arts et Métiers de París.


Fueron muchos los inventores que construyeron vehículos impulsados por vapor. En Gran Bretaña el vehículo a vapor tuvo sus años de desarrollo en los años que van de 1820 a 1840. Estas dos décadas  podrían considerarse como la edad de oro de los vehículos a vapor para el transporte por carretera. Eran máquinas con diseño avanzado y construidas por ingenieros especializados. Sin embargo aquella naciente industria tuvo un recorrido muy corto. Puede que se debiera a dos razones fundamentalmente: una, el gran desarrollo que tuvo el ferrocarril en el transporte y otra que eran vehículos muy pesados que deterioraban mucho las carreteras. Pero parece que también debieron influir inte-reses no confesables de determinados grupos de poder económico que promovieron la aplicación de la Locomotive Act de 1865, restrictiva ley que supuso el final de los vehículos de vapor por carretera en Gran Bretaña y durante treinta años fue un gran obstáculo para cualquier intento de desarrollo de  vehículos autopropulsados para el transporte por carretera. Este fue el motivo por el que el progreso  del motor de combustión tuviera lugar en países como Francia, Alemania y Estados Unidos y no en Gran Bretaña.  

Una de las más modernas diligencias de vapor de la época y que empezó a circular  en octubre de 1833 es la que se representa en el siguiente  grabado publicado en agosto de 1837 en un semanario de la época (SEMANARIO PINTORESCO). La invención es de Mr. Church. Hizo el servicio de Londres á Birminghan pudiendo transportar hasta cincuenta viajeros entre los asientos interiores y exteriores. Tenía una fuerza de sesenta caballos y la virtud de no expulsar humo alguno. Las ruedas eran anchas; la caldera estaba asegurada de explosiones por medio de válvulas de seguridad y el movimiento bastante suave porque disponía de una excelente amortiguación al estar montado el habitáculo sobre eficaces muelles.


En España, como es sabido, no podemos presumir de ser precursores de la máquina de vapor, sin embargo no faltan autores en  situar en  nuestro país algunos de los primeros locomobiles . El primero  construido en España data de 1857, y se construye en los talleres Nuevo Vulcano de Barcelona. Fue construido por encargo de la sociedad “La Ascensión”  de Amposta. Antonio Serrallach fue su diseñador. Dos años después, los mismos talleres construyeron un segundo vehículo de características similares.

En un automóvil construido por el ingeniero Pedro Rivera se realiza un viaje en 1861 de Valladolid a Madrid a una velocidad máxima de 15  km/h. y un consumo de 47 Kg. de carbón  por hora. A este vehículo se le puso el nombre de “Castilla” y al que le sucedió se le denominó “Príncipe de Asturias”.